Quedaban dos días para el viaje y me puse a hacer la
maleta. Llevaba ropa de verano, pues haría muchísimo calor. Puse la maleta
encima de la cama y la abría. Soplé y empezó a salir humo, tanto, que la maleta
pasó de gris a rosa fosforescente. Tosí y tosí, había tragado polvo, ¡qué asco! “Tendré ácaros en el estómago”- pensé.
Seguí colocando la maleta. Faldas veraniegas, sandalias, bañador (pues íbamos a
ir al Aquopolis), vestidos…
De repente, sonó el teléfono.
*conversación telefónica*
- _____ ¿Eres tú?- dijo Lydia a la otra línea del
teléfono.
- Sí, hija sí, soy yo. ¿Acaso no reconoces mi voz?
- Sí, pero como tienes una voz muy rara… Bueno, al
grano. ¿Vienes a mi casa a ayudarme a elegir la ropa para llevar?
- Claro, yo te la elijo...- dije con segundas.
- Pero me ayudas, para bien. –ríe.
- Claro- colgué.
*Narrado por Lydia*
Llamé a _____ para que me ayudara a elegir la ropa.
Con el gusto que tengo y el de ella, formamos un buen equipo de moda. Me
respondió con segundas intenciones, pero sé que ayudará. A ver si tengo un
modelito para conquistar a Carlos. Yo sé que a ella le gusta Marcos, aunque no
lo quiera reconocer. Sé cómo le mira y como se le va la mirada, pero no
tartamudea como yo. Para mí, es un completo idiota, pero bueno, si a ella le gusta…
yo lo respeto.
*Narrado por ____”
Terminé de ordenar mi maleta y me dirigía a casa de
Lydia. Con mis cascos, escuchando la radio de “Los 40 Principales” me fui. Como
no había gente en la calle, me puse a bailar. Parecía idiota, pero estaba
motivada. Iba feliz, nadie me veía. De repente apareció Carlos. Yo iba
bailando, pero me paré en seco. Se acercó a mí y me dijo:
-¿Qué estás, bailando?- dijo riéndose.
- Emmm… -pensé- puede-reí.
- Aaa… que crees. Ya no sabes ni lo que haces, se te
va la cabeza. – dijo tocándosela.
Eso me hizo reír. Una de las cosas que caracterizaba
a Carlos era el humor. Siempre te hacía reír.
-Oye, que te iba a decir…-pensó- ¿tienes una hoja de
las de la excursión?
Esa pregunta me hizo pensar. Puse una cara pícara.
-Yo no, pero Lydia sí. Ahora voy a su casa -señalé a
la nada- ¿Quieres venir conmigo?
- Claro, pero es-espero que no, no tartamudee. –se
burló.
Empecé a reír, me hizo muchísima gracia. Le señalé
hacia el lado derecho en señal de que camináramos, y cedió. Todo el camino
estuvimos hablando sobre las vacaciones, sobre que íbamos a hacer, a dónde
íbamos a ir… Caminando y caminando, fuimos charlando y nos conocimos mucho,
claro, la casa de Lydia estaba lejos y se tardaba en llegar. Paso tras paso nos
íbamos riendo, no parábamos, Carlos era muy divertido y yo también.
¡Al fin llegamos! Qué agotamiento, por favor.
-Carlos, quédate ahí- dije señalándole un arbusto-
Quiero ver la cara de Lydia.
- ¿Qué?- replicó- ¿Por qué? – dijo confundido.
-
Es una larga historia- le llevé hasta el arbusto.-
Tú, espera aquí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario