Cogió la
guitarra y la puso encima de sus
piernas. Colocó los dedos y empezó a rasgar las cuerdas. Aquella canción te
sonaba, era “Rolling in the deep” de Adele. Empezó a cantarla y a los pocos
segundos empezaste a cantar tú también. Nunca habías cantado con alguien, y
menos a un desconocido. “¿Cómo estaría
ocurriendo?” pensaste. Vuestras voces se adherían muy bien, quedaba genial.
Cuando acabó, sonreísteis y mirándoos a los ojos sonó: “______ ¡A comer!” En ese momento te levantaste y él te dio la guitarra. “Adiós” dijo marchándose.
En la comida
estabas pensando todo el rato. “¿Cómo he
podido cantar?” pensaste. “Si yo
nunca canto con nadie”. Mirando hacia la mesa dijiste en voz alta “Es imposible”. Todos se giraron para
verte y dijo tu madre: “¿Qué es imposible
______?” Alzando la cabeza y mirándola fijamente dijiste: “Nada, mamá, cosas mías” y sonreíste. Aunque
todos te miraron con cara rara, tú seguiste a lo tuyo. Tras terminar de comer
te subiste a la terraza de tu habitación y cogiste tu diario. Sentada mirando
aquellas praderas escribiste en tu diario:
Querido diario, hoy he conocido a un
chico muy majo. Sólo sé su nombre, no sé donde vive, ni de dónde es. Sabe cantar
y tocar la guitarra. Le dejé la mía y empezó a cantar. No sé cómo, pero al
final, he acabado cantando yo también. (…)
Alzaste la
mirada y te quedaste observando las ovejas. Entre el rebaño había una persona,
pero no la veías bien, estaba muy lejos. Cogiste unos prismáticos de tu
mesilla. Sí, ¿qué hacían unos prismáticos allí? Pues era porque siempre
observabas los pájaros desde el jardín. Había especies muy raras, y te gustaba
observarlas. Pusiste tus ojos en las lentes y miraste a través de ellas.
Dirigiste la vista hacia el rebaño. “¿David?”
dijiste para ti misma. De repente alzó la cabeza y te vio. Era como si te
hubiera leído la mente. A lo lejos se le vio alzando la manó y moviéndola de un
lado a otro en señal de saludo. Tú también lo hiciste a la vez que sonreías.
(…)
Era por la
mañana, hacía un sol genial pera ir a la playa. Lo malo era que estabas en el
centro de la península y ahí, playa, poca. Hiciste tu cuarto y bajaste a
desayunar. Saludaste a cada uno y les diste un beso. No sabías por qué, pero estabas
de buen humor. Tomaste un Cola-cao con unas galletas y te fuiste a escuchar
música a tu habitación. Como no había nadie, te pudiste a bailar. De repente la
puerta se abrió de golpe y entró David. Señalándote una pancarta te dijo: “Mira esto, es genial”
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