Estabas en
casa de tus abuelos. En esa casa ibas todos los veranos, desde tu infancia.
Estaba en un pueblo muy pequeño. Tenías recuerdos muy bonitos, sobre todo
cuando de pequeña tu abuela se sentaba en una mecedora y te ponía sentada en
sus piernas mientras te leía cuentos de Disney y te quedabas dormida abrazada a
ella. Te encantabas los cuentos de princesas, siempre te habría gustado ser
una. Aquello de un príncipe azul, tú con una corona, vestido blanco… te
encantaba. Tu boda querías que fuese así.
Aquel verano
iba a ser como los otros, o eso tu pensabas. Te encantaba cantar, pero nunca
habías cantado en público, es decir, delante de gente desconocida. Sólo
cantabas en casa frente a tus familiares más cercanos. A tu abuela le encantaba
tu voz, decía que era muy dulce, como tú. Siempre por tardes sacabas tu
guitarra y te ponías a cantar en el jardín, cuando nadie podía escucharte.
Siempre cantabas la misma canción, “Impossible” de James Arthur. Te encantaba.
Después de calentar con aquella canción, te gustaba componer. Eran canciones
dulces y enamoradizas, a la que a tu abuela, le encantaban. Te gustaba tanto
cantar, que no dormías abrazada a la guitarra por si se rompía.
(…)
Volviendo de
casa de una vecina, decidiste irte a tu habitación. Te pusiste en la terraza
que había en tu cuarto y miraste hacia los campos que había en frente tuyo.
Eran campos inmensos, verdes, y con vacas, caballos, ovejas… Sentada, sacaste
tu diario y empezaste a escribir lo que te había pasado hoy. No era nada en especial,
pero de mayor ese diario te traería recuerdos. Todo aquello que habías pasado,
desde momentos buenos, hasta los malos.
Cuando
terminaste de escribir, bajaste a tocar un poco la guitarra. Fuiste hasta el
jardín y te sentaste en una silla. Colocaste los dedos y empezaste a tocar “Impossible”.
Cuando llegaste al estribillo se oyó: “Que bien cantas” dijo un chico apoyado
en la puerta de la casa. Te llevaste un susto. Giraste la cabeza rápidamente y
te levantaste. Le miraste de arriba abajo, pero no sabías quien era. “¿Quién
eres?” Le dijiste. “Perdón por
interrumpirte, pero te estaba oyendo desde la cocina, y me encantó tu voz. Soy
David” Dijo estirando la mano. “No pasa nada, pero me has pegado un susto. Yo
soy ______, encantada.” Le respondiste estrechándole la mano. “¿Me puedo sentar
aquí?" Dijo. “Claro, tú mismo”. Se sentó y te miró. “¿Sabes tocar la guitarra?”
Le preguntaste. “Claro, me encanta”. “¿Me puedes tocar alguna?” le dijiste
entregándosela. “Claro” respondió cogiéndotela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario