sábado, 24 de agosto de 2013

IMAGINA CARLOS.

Te levantas, estas triste. A tu padre lo han destinado a trabajar a la otra punta del país. Te marchas mañana. Miras las sabanas y están llenas de maquillaje por haber estado llorando toda la noche. Pensar que dejas allí toda tu vida, tu familia, tus amigos…  Llegas a un espejo y te ves, triste con la cara sucia porque se te ha corrido el rímel y el pintalabios. No quieres salir a ningún sitio, lo único que puedes hacer es llorar en tu habitación y dejar que pase el tiempo, ya no puedes hacer nada. Tumbada en la cama, coges el móvil y miras los mensajes enviados, porque tenías el móvil en silencio. Deslizando la pantalla ves uno de alguien muy especial, tu mejor amigo. Era Carlos, un vecino que le conocías desde pequeño por tu madre. Vuestras madres iban juntas a clases de cocina mientras vosotros jugabais juntos. De ahí surgió una gran amistad, ibais juntos a clase y todos los días ibais por la noche con las linternas a cazar insectos. En estos últimos meses te estabas dando cuenta que los sentimientos hacia él eran algo más que amistad, pero no querías decírselo, no querías arriesgarte. Quedasteis en su casa del árbol a las 10 de la noche, para despedirse. Las horas se te hacían eternas y tú aún seguías llorando. Ya eran, las 9, te vestiste y te arreglaste para ir allí. Saliste de casa sin que nadie te oyera, no querías preguntas. Te temblaban las piernas y tenías un nudo en la garganta al ver que tu casa estaba vacía, sin muebles, sin nada. Era como si no fuera tu casa, ni nunca lo hubiese sido. Llegaste hasta su casa del árbol, subiste y le viste allí, sentado con una linterna. Te sentaste a su lado y le diste un abrazo. Él accedió. Tras separaros viste en su cara tristeza, desánimo, desilusión... “¿Qué te ocurre?”  le preguntaste. Te miró con pena y dijo: “Qué te quiero”. Te quedaste petrificada, ¿cómo podía ocurrir? ¿sería verdad? Él tras verte parada agachó la cabeza y tú comenzaste a derramar lágrimas tan frágiles como tú y dijiste: “Yo también te quiero, pero lo nuestro es imposible, estaremos a miles de kilómetros uno del otro”. Al oír eso, alzó la cabeza y te agarro de la barbilla, “No importa la distancia, siempre te amaré” y tras decir eso, acercó poco a poco sus labios a los tuyos, en el que ya sentías su aliento. Sonreíste y, tras esto, te dio un beso dulce y apasionado. 

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